lunes, 10 de noviembre de 2008

miércoles, 5 de noviembre de 2008

lunes, 27 de octubre de 2008

viernes, 17 de octubre de 2008

El río que nos lleva




Sentado al borde mismo de una pequeña canoa de primitivo diseño, me desplazo junto a un grupo de turistas río abajo por entre sinuosos meandros, acompañado de un par de indígenas que manejan con pericia sus toscos remos (más bien palos, a secas) haciendo que nos deslicemos sobre la superficie calma del ancho caudal. Nos llevan de excursión a un poblado apenas divisable entre la espesura selvática.

Nos acercamos intrigados y a lo lejos vislumbramos a un grupo de nativas que portan casi todas algún chiquillo sobre sus caderas. Nos reciben con aspavientos y gritos de alborozo mientras yo estoy más pendiente del fondo del barquichuelo temeroso de que las aguas escupan de improviso las fauces de los abundantes escualos que la pueblan. La emoción en estado puro en el río que nos amenaza y nos protege. El río que nos lleva.

Olivares de Jaén




Desde la atalaya del castillo de Jaén puede vese el mar. Sí: desde el punto más alto de la ciudad aparce en el horizonto un océano verde de inmensos olivares que, acariciados por la brisa o azotados por el viento, aparecen como ondulaciones verde plata de una mar calmada o como bravías olas cuando las ramas de los arboles son azotadas por el fuerte viento. El espectáculo impresiona por su inmensidad inabarcable cual un verdadero océano enverdecido por un fondo de algas que dejan su reflejo en la superficie de las aguas.

Jaén -el campo de Jaén- es un inmensso océano de olivos que impresiona con su desbordaante y bravía belleza.